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La
cultura y los retos del mundo contemporáneo
30 de enero de 2003.- James
Petras.- Traducido para Rebelión por Manuel Talens
Nunca construiremos una
conciencia comunista con un signo de dólar en las mentes y en los corazones de
los hombres.
Fidel Castro
Introducción
Escribir de cultura es
escribir de arte, ideología, educación, deporte y otras muchas cosas. La
cultura se puede enfocar desde numerosas perspectivas, que incluyen la
personalidad, la estética, la política y la historia. Me centraré
expresamente en la cultura como terreno para la lucha política y dejaré para
otro momento y otro lugar la discusión de la cultura como medio estético, como
fuente de reflexión y de realización humanas. Me centraré en particular en la
cultura como ideología y en cómo influye en la clase y en la conciencia
nacional, así como en la acción política. La cultura como ideología implica
la creación y la expresión de una «subjetividad» humana o, expresamente, la
conciencia nacional y de clase, que es la manera en que la gente (clases, géneros,
grupos étnicos y raciales) percibe y actúa para influir en sus circunstancias
objetivas. La subjetividad es esencial para la comprensión de los conflictos,
las estructuras de poder y los movimientos que buscan la transformación en el
mundo contemporáneo. La «subjetividad» como conciencia política se puede
entender en su relación dialéctica dinámica con la realidad objetiva. La
manera en que la gente y las clases reaccionan a sus condiciones objetivas da
forma a su realidad material, la cual, a su vez, produce un impacto en su
subjetividad.
Las creencias ideológicas y
la acción política son el resultado de múltiples determinaciones, que
incluyen las condiciones socioeconómicas (crisis, posición en la estructura de
clase, movilidad social hacia arriba o hacia abajo, naturaleza del Estado) y las
organizaciones políticas, el liderazgo, los medios de comunicación, las
instituciones religiosas y las organizaciones sociales inmersas en tradiciones y
en prácticas familiares y comunitarias. El comportamiento de clase puede verse
influido tanto por las condiciones económicas presentes como por las
aspiraciones futuras y las esperanzas.
La ideología y las grandes
cuestiones
Para entender la clase y el
conocimiento nacional en relación con las grandes cuestiones en el mundo
contemporáneo es importante identificar su naturaleza.
La mayor parte de la
humanidad se enfrenta a cinco retos principales, que son:
1. El afán imperialista
estadounidense por dominar el mundo a través de la doctrina bushiana de las «guerras
permanentes». Esto queda ejemplificado por las guerras de conquista en los
Balcanes, Afganistán e Irak, por los preparativos de guerra contra Corea del
Norte, Irán y el Este árabe y también por la intervención militar en
Colombia a través del Plan Colombia, por la actitud beligerante hacia Cuba y
por el apoyo a un golpe militar en Venezuela.
2. La nueva colonización
de América Latina a través de la imposición del ALCA y la transferencia de
soberanía a la comisión del ALCA, controlada por los EE.UU. La utilización
que hace Washington de la doctrina de la «extraterritorialidad», que afirma el
derecho de EE.UU. a pasar por encima de las leyes nacionales e internacionales.
El rechazo estadounidense del Tribunal Penal Internacional, rechazo que deja
impunes los crímenes cometidos por su estamento militar. Los EE.UU. se han
adjudicado el «derecho» a que sus militares y agentes de inteligencia puedan
asesinar adversarios políticos dentro de las fronteras de cualquier país.
3. El pillaje del
Tercero Mundo, en particular de la América Latina, que conduce a la
reimplantación de retrógradas formas anteriores de explotación, como son la
esclavitud blanca (pues lanza sin remedio a millones de mujeres y niños a la
prostitución, sobre todo en la antigua URSS y en América Latina); el pillaje
económico (el robo y la transferencia a EE.UU. y Europa de cientos de miles de
millardos de dólares de ahorros privados y públicos provenientes de América
Latina, a través del sistema bancario internacional), la apropiación de todos
los sectores principales de la economía (industria, financias, comercio) y la
desindustrialización de las economías latinoamericanas a través del libre
comercio, mientras que EE.UU. conserva sus barreras a la importación y las
subvenciones a la exportación. El resultado es la reaparición en muchas partes
de América Latina de relaciones económicas precapitalistas. Por ejemplo, en
Argentina, la economía de trueque implica ahora a más de 4 millones de
personas. En América Latina más del 60 % de la mano de obra funciona a través
de la economía informal o de subsistencia, simplemente intercambiando
productos.
4. La hegemonía
estadounidense sobre la clase política, desde los partidos de centro izquierda
a los de extrema derecha, que se han acomodado al proyecto imperialista de
perpetuación del sistema de pillaje y a la nueva colonización. Por ejemplo, la
Organización de Estados Americanos (OEA) y los autoproclamados «Amigos de
Venezuela» han intervenido para promover los planes políticos de la clientela
estadounidense golpista contra el presidente Hugo Chávez.
5. El desigual auge de
poderosos movimientos sociopolíticos en todo el mundo, pero más directamente
en América Latina, en respuesta al proyecto imperialista estadounidense.
Los problemas de las guerras
imperiales, de la nueva colonización y del pillaje constituyen un reto
fundamental para las clases populares y los Estados que se organizan contra el
imperio. La hipótesis principal que desarrolla este ensayo es que la realidad
objetiva derivada de la construcción del imperio ha creado condiciones
necesarias, pero no suficientes para un frente antiimperialista y
anticapitalista de masas a escala mundial. La regresión de las condiciones
socioeconómicas globales sólo puede proporcionar la base de una transformación
fundamental en presencia de factores subjetivos. Para ilustrar la importancia de
lo subjetivo o «factor cultural» frente al desafío del imperio, es útil
comparar las experiencias de países diferentes.
Subjetividades comparativas:
Argentina y EE.UU.
En los Estados Unidos y en
Argentina el fraude a gran escala y las estafas cometidas en 2001 y 2002 dieron
lugar a la pérdida de decenas de millardos de dólares en fondos de pensión y
en ahorros. En el caso de EE.UU. fueron las compañías multinacionales, los
bancos privados de inversión y los auditores corporativos quienes llevaron a
cabo las estafas con la complicidad de agencias reguladoras del gobierno. En
Argentina, los autores fueron los bancos privados, sobre todo los de propiedad
extranjera, con la complicidad directa del gobierno.
En Argentina hubo protestas
masivas, que llevaron a un levantamiento popular que obligó a la dimisión del
gobierno. Con posterioridad, miles de ciudadanos crearon asambleas barriales,
que formaron alianzas con los movimientos de trabajadores desempleados para
presionar al gobierno.
En los Estados Unidos no
hubo movimientos de masas, sólo quejas individuales, malestar privado y
hostilidad localizada contra las compañías multinacionales. La alienación
frente al sistema político aumentó. Algunos grupos contrataron abogados para
llevar a los tribunales a las corporaciones, con la esperanza de recuperar sus
fondos. La mayor parte de la empobrecida clase media se resignó a una vida
laboral más larga, a retrasar su jubilación y a disminuir su nivel de vida.
Muchos pequeños inversionistas retiraron sus inversiones de fondos de pensión.
Las inconsecuentes audiencias del Congreso y el nombramiento de nuevos
reguladores estatales no cambiaron nada. Nadie puso en entredicho el sistema,
las compañías siguieron funcionando de la misma manera y el Presidente y su
partido se aseguraron una «mayoría» en el Congreso, mientras que las dos
terceras partes del electorado ni siquiera fueron a votar.
Estos dos casos sugieren la
siguiente pregunta: ¿Por qué fraudes masivos similares y la pérdida
significativa de ahorros tuvieron respuestas subjetivas tan distintas? La
respuesta se encuentra en el diferente contexto político, cultural e ideológico
de cada país.
En Argentina hay movimientos
políticos y sociales a gran escala: los «piqueteros» en paro se manifiestan y
bloquean carreteras; los partidos de izquierda intervienen en la vida política;
una confederación disidente del sindicato de los funcionarios está en la
oposición activa; hay un rechazo generalizado de la ideología de «libre
mercado» en la población general. Las condiciones subjetivas que dan lugar a
protestas de masas en Argentina se deben a una cultura política que favorece la
acción colectiva, a una ideología que achaca la responsabilidad política de
las pérdidas económicas a los bancos y al régimen y a un exitoso modelo de
acción política basado en los piqueteros. La «cultura política» de oposición
se ha extendido, a pesar del apoyo que los medios de comunicación han prestado
al gobierno. El movimiento asambleísta creó sus propias redes de comunicación
y utilizó los medios de comunicación alternativos existentes. El movimiento
asambleísta y la acción de masas tuvieron lugar a pesar de la ausencia de
apoyo por parte de la burocracia sindical oficial, estrechamente vinculada al régimen
en el poder.
En los Estados Unidos, los
millones afectado por el fraude carecen de cultura política de protesta y
movilización. La mayor parte de ellos son partidarios de uno de los dos
partidos capitalistas, que se alternan en el poder financiados por los
principales estafadores corporativos. Las demás «asociaciones cívicas» a que
pertenecen son conservadoras o apolíticas, no proporcionan marco alguno para
entender la naturaleza y la responsabilidad del gobierno en el fraude ni son un
vehículo para la acción política. Las mentes de millones de víctimas están
programadas en torno a la idea de lealtad al Estado, a las corporaciones y a la
familia. Una vez que el Estado y las corporaciones les fallaron, echaron mano de
la familia, que sólo les ofreció consuelo personal y ninguna base para la acción
colectiva. En ausencia de cualquier referencia a organizaciones para la acción
colectiva, sin los ejemplos de exitosas movilizaciones populares, las víctimas
buscaron en gran parte soluciones personales, se tragaron las pérdidas en
silencio y en un aislamiento impotente. Los principales estafadores regresaron a
sus negocios con impunidad.
Unas «subjetividades» y un
grado de acción social y de organización social tan opuestos entre los EE.UU.
y Argentina, en condiciones similares de adversidad socioeconómica, indican la
importancia decisiva de la cultura política, de la ideología y de la
intervención política. En los Estados Unidos el lema fue «sálvese quien
pueda». En cambio, en Argentina fue «quien roba a uno roba a todos». La
diferencia fundamental es la aparición de una cultura de la solidaridad en
Argentina, que contrasta con la dependencia vertical característica del mundo
corporativo estadounidense.
Comparación: Brasil y
Venezuela
Durante los años noventa,
Brasil y Venezuela atravesaron una década de estancamiento económico, con el
incremente de las desigualdades sociales y una disminución de la renta per cápita.
En ambos países las condiciones objetivas eran favorables a cambios políticos
consecuentes. En ambos, una gran mayoría de votantes eligió a un presidente
populista o de centro izquierda, Hugo Chávez en Venezuela y, en 2002, Lula da
Silva en Brasil. Con posterioridad, sin embargo, Chávez se ha enfrentado a
huelgas y a largos cierres patronales. Una minoría sustancial del electorado
(las cifras son conflictivas) exigió su dimisión y dio su apoyo a los líderes
del ala derecha. Mientras que disminuía el apoyo a Chávez, el de Lula aumentó
durante la carrera que condujo a su elección. En otras palabras, hubo un giro a
la derecha bajo un presidente en funciones y un giro a la izquierda hacia un
candidato recién elegido, en condiciones económicas generalmente similares.
La distinta subjetividad y
las diferencias requieren una discusión del contexto político, social y
cultural. En el primer caso, el régimen de Chávez funcionó durante un
estancamiento económico, mientras que Lula estaba todavía en la oposición y
la responsabilidad de los problemas socioeconómicos recaía claramente en el régimen
precedente, el de Cardoso. En segundo lugar, el régimen de Chávez concentró
sus inversiones públicas en la mejora de los servicios de los sectores más
pobres (la salud, la educación y la vivienda), mientras que la clase media se
resintió de una pérdida relativa de su bienestar económico. En Brasil, el régimen
recién elegido de Lula aumentó su apoyo al prometer la supresión del hambre
sin afectar el poder y los privilegios de las clases altas y medias gobernantes.
En tercer lugar, los medios de comunicación proimperialistas de Venezuela
iniciaron una vitriólica y permanente guerra de propaganda contra Chávez
cuando éste declaró su independencia de la política exterior de los EE.UU.,
en particular del Plan Colombia, del ALCA y de las guerras de conquista en
Afganistán, Irak y en otras partes. Por el contrario Lula, una vez elegido, se
ha referido a Bush como «aliado», ha prometido «negociar» sobre el ALCA y se
ofrecido para «mediar» entre los golpistas y el gobierno de Chávez (en vez de
confirmar su apoyo al gobierno constitucional). Al adoptar una agenda centrista,
Lula se ha asegurado el apoyo de los poderes financieros y la «neutralidad» de
los medios de comunicación.
La tenaz reiteración de
propaganda abiertamente engañosa y calumniadora por parte de los medios de
comunicación venezolanos buscaba abiertamente la incitación a la rebelión
militar y el derrocamiento del gobierno electo de Chávez. La campaña de los
medios de comunicación fue uno de los factores principales que han influido en
la inquina de las clases medias contra Chávez y en que tomaran las calles. Los
medios venezolanos han propagado una imagen de un presidente autoritario que
preside un estado dictatorial, informado y aliado por el comunismo castrista y
que está destruyendo la economía. La eficacia de los medios en la propagación
de esta imagen totalmente falsa se puede medir por el sustancial sector de la
clase media que se lo ha creído, incluso si la experiencia directa lo desdice.
La gran mayoría de los
venezolanos, sobre todo aquellos que ahora tratan de derrocar el régimen,
participaron y votaron sin coacciones en siete elecciones libres, en las que Chávez
o su programa constitucional fueron aprobados. El régimen ha respetado la
división entre los tres poderes de gobierno y ha tolerado los enormes excesos
de la prensa y los medios electrónicos de comunicación, más allá de lo que
lo hubiera hecho cualquier otro sistema electoral occidental. El gobierno ha
permitido y ha protegido asambleas de masas y marchas, incluso de los que
incitaban a la rebelión militar y al derrocamiento violento del gobierno
elegido. A pesar de que el gobierno no ha conseguido mejoras sustanciales del
nivel de vida, sobre todo para la clase media, su funcionamiento económico
representó una mejora relativa con respecto al régimen anterior, hasta que la
patronal estatal del petróleo saboteó la producción. La causa principal de la
rápida disminución del nivel de vida fue el cierre y la parálisis de la
industria petrolera, organizada por la patronal y por el director de las compañías
petroleras estatales, que se empeñaron en la consecución de una profecía: «predijeron»
el colapso y luego hicieron todo lo posible para hacer que tuviese lugar. Frente
a ellos, el gobierno ha estado luchando para reiniciar la producción e impedir
que sigan disminuyendo los ingresos.
Está claro que, en el
terreno ideológico y político, la oposición proestadounidense ha estado
ganando la guerra cultural. Existen pocas dudas y muchos precedentes históricos
para sospechar que los costosos esfuerzos de propaganda de los medios de
comunicación probablemente están financiados en parte por fondos encubiertos
de agencias de inteligencia estadounidenses. De otro modo, no es posible
entender que el cierre patronal pueda prolongarse durante tanto tiempo. Sin
ingresos publicitarios y con los enormes gastos generales que deben afrontar,
los medios privados de comunicación no podrían mantener a todo su personal,
siete días por semana, durante casi dos meses, a no ser que estén recibiendo
transferencias a gran escala de la CIA, que utilizó subvenciones similares
encubiertas para financiar El Mercurio en Chile, La Prensa en Nicaragua y muchos
otros medios aliados de los EE.UU. en países donde Washington buscaba derrocar
regímenes independientes.
Esto sugiere la pregunta de
por qué la propaganda progolpista, antichavista y proyanqui ha tenido tanto éxito
a la hora de polarizar el país y, en particular, de «persuadir» a las clases
medias de una manera que sería inimaginable en Brasil
La clave es la «cultura política»
de la clase media de Caracas, más armonizada con Miami que el país interior y
los pobres urbanos. El «complejo de Miami» se basa en las visitas frecuentes,
en las vacaciones y en las excursiones de consumo a Florida en particular y a
los EE.UU. en general. Este complejo contribuyó a la reproducción del modelo
consumista estadounidense y a la aparición de una «cultura del centro de
compras», en torno a la cual gira la existencia de la clase media de Caracas.
La «clase de referencia» de la clase media venezolana es la clase media alta
que vive en Miami, cuyo estilo de vida aspira a imitar: un condominio, gastos
ilimitados con tarjeta de crédito y criadas haitianas mal pagadas.
La disminución del nivel de
vida durante las dos pasadas décadas y el malestar de la clase media hizo que
algunos votaran por Chávez. Su esperanza se basaba en la idea de que acabaría
con la corrupción y aumentarían sus ingresos para sostener su visión de
Miami. El problema surgió cuando Chávez entró en conflicto con los EE.UU.,
algo que tuvo dos efectos en Venezuela: los clientes políticos de Washington en
los negocios y en la elite sindical se pusieron en marcha y utilizaron a la
clase media para echar a Chávez. La clase media, en gran parte blanca, se vio
obligada a escoger entre un presidente negro, que apela a los pobres, y su
identificación con el complejo de Miami. El racismo latente entre la clase
media blanca (latente sólo mientras fue dominante) fue activado por las elites
y contrapuesto a su «modelo», el estilo de vida de las prósperas elites
blancas de Miami.
Cultura y política
Estas experiencias
comparativas destacan la importancia de la cultura, la ideología y los medios
de comunicación en la formación de respuestas políticas divergentes a
circunstancias económicas similares. La propaganda de los medios
proimperialistas es sobre todo eficaz en aquellos lugares donde la izquierda no
ha organizado a los electores y donde la cultura de la solidaridad brilla por su
ausencia. El predominio de una cultura «mimética y consumista» facilita la
penetración de la ideología autoritaria y la alineación, con líderes políticos
favorables a los Estados Unidos.
El impacto de los medios
derechistas de comunicación es muy limitado cuando hay organizaciones populares
de masas (en particular las de estructura «horizontal») basadas en luchas y
experiencias comunes, bajo la influencia de la ideología igualitaria. Tanto en
Argentina como en Brasil, los medios de comunicación son uniformemente
favorables a las elites del ala derecha en el poder, pero en ambos casos las
masas rechazaron el mensaje de propaganda. En Argentina, el movimiento de masas
derrocó el régimen de De La Rua; en Brasil, más del 60 % de la población votó
por quien estaba considerado como un candidato de centro izquierda.
Cultura y guerra
En la actualidad, la cuestión
principal es la guerra imperialista, en especial el ataque militar de Washington
y la invasión de Irak, así como las amenazas nucleares contra Corea del Norte.
La máquina de propaganda de Washington, sus regímenes clientes y sus «aliados»
europeos están implicados en un esfuerzo global para justificar la guerra,
neutralizar opositores y ganar adherentes, en particular entre la clase política.
Incluso los sectores más belicosos y militaristas del régimen de Bush
&ndashque son los más propensos a hacer caso omiso de la opinión pública
mundial&ndash se ven forzados a encontrar «razones» para asegurarse el
apoyo de sus clientes.
Los medios de comunicación
&ndashen particular los que pertenecen a los EE.UU.&ndash han saturado
el mundo con propaganda favorable a la guerra, presentando y justificando la línea
oficial y excluyendo las voces alternativas críticas o cualquier noticia de
grandes protestas. Sin embargo, los sondeos de opinión pública demuestran que
la aplastante mayoría de los ciudadanos europeos y de América Latina no cree
que los EE.UU. tengan razones convincentes para la guerra, y en algunos países
como Francia, más del 75 % se opone la guerra imperialista. Incluso en EE.UU.
las encuestas indican que el público está dividido. A pesar de que muchos
apoyan una guerra, la oposición está creciendo, como lo demuestran las
manifestaciones masivas de más de 700,000 personas el 18 de enero de este año.
Más aún, incluso entre quienes apoyan la guerra, la mayoría lo hace con
condiciones: sólo si las Naciones Unidas votan a favor de una solución
militar.
La propaganda de los medios
de comunicación es menos creíble y sólo sirve para reforzar el sentimiento
favorable a la guerra entre la elite política, así como para inmovilizar a
quienes se oponen verbalmente a la guerra.
En la batalla por la
conciencia popular, la oposición política a la guerra ha sido capaz de ganar
apoyos a través de los medios alternativos de comunicación (los medios electrónicos)
y de las manifestaciones públicas. Las voces de figuras culturales críticas,
de intelectuales y de líderes religiosos &ndashen particular cristianos y
musulmanes&ndash también han contribuido a la movilización de la opinión
pública. A pesar de la gran disparidad en el poder institucional y de los
estrechos vínculos existentes entre los medios de comunicación y el Estado
estadounidense imperial, la mayoría de la opinión pública mundial no está
convencida. Las manifestaciones mundiales contra la guerra crecen en tamaño y
militancia y han comenzado a influir en los sectores de la clase política de
Europa.
Sin embargo, algunos
intelectuales estadounidenses y fundamentalistas cristianos &ndashen
particular los alineados con el Estado israelí&ndash han abrazado la «cultura»
militarista imperial, basada en la dominación violenta. La visión de la «guerra
permanente» en el exterior y la represión en el interior evoca las imágenes
del Tercer Reich&hellip Su apoyo a guerras ofensivas («guerras preventivas»)
y su aceptación de asesinatos políticos, intervenciones indiscriminadas o
chantajes económicos busca intimidar a cualquier régimen que pudiera atreverse
a poner en entredicho la voluntad de Washington de convertirse en el Imperio
Global. La aparición de intelectuales totalitarios, vinculados a interminables
guerras imperiales de conquista, está ejemplificado por su apoyo a la violencia
masiva contra Irak.
Las Naciones Unidas estiman
que la invasión estadounidense dará lugar a diez millones de muertos y
heridos. El hecho de atacar a una población prácticamente indefensa con el
previo conocimiento de que diez millones de personas morirán o resultarán
heridas es un acto de genocidio premeditado, comparable o mayor que el
Holocausto nazi contra los judíos o las persecuciones de gitanos y serbios. Los
intelectuales totalitarios que abrazan con entusiasmo esta política genocida
son fervientes abogados de bombardeos aterradores de civiles, a la búsqueda del
poder estadounidense mundial.
Los medios de comunicación
hacen caso omiso del informe de las Naciones Unidas sobre los probables millones
de víctimas o bien lo trivializan como si fuese otra noticia sólo digna de las
páginas interiores.
Prominentes líderes
fundamentalistas cristianos y el ala derecha de los intelectuales judíos de
EE.UU. justifican en los medios impresos y audiovisuales de comunicación este
genocidio premeditado, este crimen científicamente planeado contra la
humanidad. En Europa lo apoyan los principales gobiernos occidentales (en
particular los de la Gran Bretaña, Italia y España). El presidente de los
EE.UU., con el apoyo de las tres ramas del gobierno y de los medios de
comunicación, se siente libre para llevar a cabo el genocidio con impunidad.
Parafraseando a Eduardo
Pavlovshy, lo que aquí nos interesa, mucho más que las patologías
individuales de Bush, Rumsfeld y Wolfowitz y otros genocidas practicantes, es la
institucionalización del genocidio, ya que si insistimos en los atributos
individuales de los verdugos de políticas genocidas perderemos de vista la
clave del problema: el genocidio como institución.
Dentro del contexto
institucional, es lógico que la Administración Bush haya rechazado el Tribunal
Penal Internacional. La impunidad internacional es un acompañamiento necesario
del genocidio institucional. Hoy, las guerras culturales entre intelectuales
totalitarios y pacifistas hacen surgir cuestiones fundamentales, pero ninguna de
ellas es más importante que la lucha contra el genocidio premeditado.
ALCA, resistencia y guerras
culturales
El ALCA es fundamentalmente
la nueva colonización de América Latina y significa la pérdida total de
soberanía nacional y popular, así como la conquista de la economía
latinoamericana. Pero para llevar a cabo la conquista colonial, el poder
imperial necesita ejercer la hegemonía cultural ideológica. La anterior política
neoliberal
ha creado el núcleo
principal de políticos, intelectuales y economistas favorables al imperio, que
promueven el ALCA. Los que son abiertamente favorables al ALCA no sólo se
encuentran a la derecha, sino también en eso que se denomina «centro izquierda»,
y son los que aceptan negociar para «reformar» el ALCA, a la espera de
conseguir por escrito algunas concesiones favorables a los sectores de su clase
dirigente interior.
Con los fracasos del
neoliberalismo y el auge de los movimientos antiimperialistas de masas, los
intelectuales de la derecha y los políticos que apoyan el ALCA están en gran
parte desacreditados. En su lugar, ha aparecido un nuevo tipo de intelectual
colonialista: el crítico anticolonialista y anti-ALCA que, sin embargo, al
mismo tiempo acepta el marco imperial, mucho mayor, en nombre del «realismo» o
del «pragmatismo». Estos intelectuales citan «el desfavorable marco
internacional», «la gravedad de las crisis internas», «la necesidad de
evitar enfrentamientos internacionales» en apoyo de su aceptación de
negociaciones sobre el ALCA. El peligro de estos intelectuales
&ndashantiguos izquierdistas recientemente convertidos al ALCA&ndash es
que sus cartas credenciales son todavía de izquierda y su historia personal es
creíble. Su principal afirmación ideológica consiste en argumentar que los
recién elegidos políticos de centro izquierda representan una «nueva era»
para América Latina y citan en apoyo su historia pasada y su «orígenes
populares». Cuando los críticos de izquierda hacen hincapié en los
nombramientos de ministros económicos y de banqueros centrales de credo
neoliberal, así como en sus acuerdos regresivos con el Fondo Monetario
Internacional y el Banco Mundial, estos ideólogos abogan por el «pragmatismo»,
el «realismo» y la necesidad de hacer «alianzas». Los ideólogos ex
izquierdistas de «centro izquierda» se sienten claramente incómodos con la
defensa de regímenes que inician negociaciones sobre el ALCA (sobre todo después
de haber sido ellos mismos sus críticos más feroces). Recurren a diatribas
irracionales contra «marxistas escolásticos» que defienden «teorías
anticuadas y fracasadas«, «izquierdistas de café» «totalmente ajenos a la
realidad nacional». La demagogia antiintelectual se ha convertido en el último
resorte de los apólogos de la transición del régimen de centro izquierda
hacia el ALCA. Su «realismo» es, de hecho, el acomodo a la existente
estructura de poder nacional e internacional. Su caricatura del marxismo es un
subterfugio frente a los intelectuales antiimperialistas que critican la inserción
del centro izquierda en el orden imperial. El ataque contra los «marxistas de
café» se basa en su propio distanciamiento de la praxis de los intelectuales
izquierdistas, que sí están comprometidos en las protestas contra el ALCA.
La incorporación de muchos
antiguos políticos e intelectuales de «izquierda» a los aparatos de los
nuevos regímenes de centro izquierda constituye un gran desafío para los
izquierdistas consecuentes. La tarea principal del intelectual de izquierda no
es entrar y luchar dentro del aparato estatal, terreno sin esperanza en el que
las estratégicas posiciones económicas y represivas están controladas por
ministros y funcionarios favorables al ALCA. El auténtico desafío debe mirar
fuera del aparato estatal, hacia los crecientes movimientos agrarios y urbanos
de masas. Dentro de estos movimientos de masas, que cuentan en sus filas con
millones de las víctimas de la explotación imperialista, hay un creciente
debate sobre el papel de la política electoral, la relación con los recién
elegidos regímenes de centro izquierda y la relación con el ALCA. El resultado
de tales debates tendrá un profundo impacto sobre América Latina durante la próxima
década.
Política electoral y política
de movimiento
El movimiento revolucionario
considera la política electoral como un elemento subordinado a la lucha de
masas y al partido electoral como un «instrumento» de apoyo a las exigencias
populares y a la acción extraparlamentaria. Esta relación entre el movimiento
de masas y la política electoral ha quedado ilustrada en Bolivia durante las
movilizaciones populares convocadas por los cocaleros y generalmente apoyadas en
todo el país. El MAS, &ndash«instrumento» electoral de los movimientos de
masas&ndash se echó a la calle junto con los piqueteros en las
obstrucciones de carreteras.
La lucha de clases tiene
lugar dentro de movimientos populares de masas mayores y mejor establecidos. En
Ecuador, por ejemplo, muchos de los líderes indios integrados en la política
electoral y que forman parte de los regímenes de centro izquierda son
comerciantes locales, propietarios de transportes y beneficiarios de fondos
extranjeros que les llegan a través de ONG. Obtienen ganancias como
intermediarios y se consideran parte de una móvil clase media alta. Cuando le
pregunté a uno de esos líderes indígenas sobre la educación bilingüe, me
dijo que era para la «gente pobre» y que él llevaba a sus hijos a escuelas de
lengua castellana, porque ésa es «la manera de tener éxito en la vida». La
creciente diferenciación de clase dentro de «comunidades indias» rompe la
imagen de los ideólogos de la identidad, que rechazan el análisis de clase a
favor de la imputación de atributos culturales a grupos étnicos enteros. La
posición central de desacuerdos socioeconómicos dentro de grupos étnicos ha
tenido consecuencias políticas: la transformación de movimientos en partidos
reformistas electoralistas.
El enfoque reformista
electoralista está bien ilustrado por el Partido de los Trabajadores de Brasil,
que rechazó apoyar el referéndum contra el ALCA para asegurarse alianzas
electorales con partidos neoliberales de la derecha. Durante el Foro Mundial
Social en Porto Alegre, Lula decidió participar en el Foro Social Mundial y en
la reunión de Davos, organizada por las oligarquías financieras y de negocios
del mundo. A pesar de que más de 52 millones de brasileños votaron por Lula
con la esperanza de cambios sociales, Lula eligió un estratégico equipo económico
de notables neoliberales sin consultar ni con los movimientos de masas ni con el
Partido de los Trabajadores. En Brasil, la política electoral domina los
movimientos de masas (como se hizo evidente durante la campaña electoral,
cuando el Partido de los Trabajadores exigió que los movimientos suspendiesen
todas las luchas que pudieran «enajenar» a los oligarcas de la derecha).
La tensión entre los
partidos electorales y los movimientos de masas se refleja en la polarización
de los intelectuales. Para aquellos vinculados con los partidos electorales, sus
opiniones ideológicas y sus valores abrazan la política de acomodo a corto
plazo con el poder y de control de los puestos públicos. Los intelectuales
vinculados con los movimientos populares conservan una posición realista y autónoma
en relación con los movilidad hacia la derecha de los regímenes de centro
izquierda y afirman la perspectiva de construir un proyecto antiimperialista
alternativo y transformador.
Mientras que los
intelectuales de centro izquierda valoran el poder, el prestigio y la aprobación
de los medios de comunicación, los intelectuales de movimientos populares
valoran la organización de los explotados, el pensamiento crítico y la
independencia política.
Hoy, en toda América y en
el resto del mundo, los intelectuales de izquierda han de hacer frente a estos
debates y a estas opciones: por un lado la de formar parte del sistema imperial
y de sus bloques regionales, por el otro, la de optar por los movimientos de
masas globales y locales sobre la base de la clase social, que buscan el
derrocamiento del sistema. Ésta es la opción entre quienes apoyan las
negociaciones sobre el ALCA y quienes lo rechazan, entre quienes apoyan la
existente estructura de poder (en nombre del gobierno para «todos») y quienes
actúan a favor de los explotados. En el movimiento pacifista hay quienes se
oponen a la guerra imperialista estadounidense y quienes se oponen sólo porque
el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no la aprueba. Estas guerras
culturales &ndashlos debates ideológicos&ndash no son simplemente el
reflejo de intereses económicos: también producen bloques de poder, partidos y
movimientos que decidirán la disyuntiva entre las guerras imperialistas o la
paz, entre la nueva colonización o Estados libres y vibrantes, sensibles a las
clases empobrecidas.