Dos Historias
de Asaltos
Por Melchor López
Te acercaste. Pensé que estabas solo. Pero, en un segundo,
otro compa ya me estaba abrazando por la espalda. Abrazar es
un decir. En realidad me dejó inmóvil. “Ya
valió madres”, pensé. Al instante ya esculcabas
mis bolsillos con especialidad. “Cabrón, que rápido
lo haces”, medio reí para mis adentros. Vi mi cartera
y como sacaste dos que tres billetes. Claro, no lo contaste.
Porque ya estabas sobre mi reloj. “Mmmta… no mames…
mi reloj… chale”. Aguanté vara. Vi todo con
detalle. También observé el deslizamiento de una
de tus manos a mi otro bolsillo y como salía de allí
mi celular; jodido celular, barato, pues. “Ojete…que
ojete”, únicamente lo pensé, de pendejo
se lo digo al asaltante.
Fue de noche. La tensión me dejó cegado. Marcaste
la pauta, con violencia. Puro poder. Pulcro poder. No escapó
fuego del arma que jalaste dentro de tu bolsa derecha de tu
pantalón que me enseñante para asustarme. Me apaniqué.
Lo lograste. Después, sólo vi el filo de la navaja
que tu acompañante me puso directo a mis ojos. “No
grites”, me ordenó. Brilló el metal. ¿Qué
más podía hacer? Sólo ver. Mmmta. Sólo
eso. Siempre desee que cuando me tocara que me asaltaran no
me fueran a poner una madriza o que no trajera tanto dinero.
Ni mucho menos eso del secuestro exprés. Nada de eso
hubo. Pero esa noche la oscuridad la vi mas opaca.
Otra historia
“¡Ese pendejo va a disparar!”, pensó
mi amiga al ver de frente a su asaltante que intentó
atracarle su bolso de mano. Pero ella lo sujetó con fuerza.
Una relación de poder que se equilibró a favor
del ratero al momento en que sacó su arma de fuego. Y,
como en las películas, cortó cartucho. Y entonces
mi compañera pensó lo peor. Se quedó como
estatua. Y se llevaron su bolso, su dinero, sus credenciales,
y un trozo de alma. Si existe el espíritu, ese día
se desmayó.
Estamos en la ciudad de México a cualquier hora. Cualquier
día. Cualquier semana. Cualquier año. Durante
el instante del asalto, que paso como relámpago, ella
alcanzó a pensar que la pistola con la que fue amenazada
era de juguete. También intentó gritar pero, dijo
después, “el silencio humedece la salida de cualquier
expresión”. Y se desahogó: “Se me
cayó mi alma. No logré mantenerla erguida. Instantáneamente
murió mi alma. Aun sigo atrapada. Aun escucho ruidos”.
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