Centenarios Festejos
de Extravío de la SEP
Por Alfredo Velarde
Cualquier diccionario para estudiantes de primaria, de esos
que no alcanzaron a comprar los atribulados padres de familia
por los elevados costos de los útiles escolares en el
inicio del nuevo ciclo académico para la educación
básica, establece la fundamental distinción entre
“festejo” (acción de regocijo público
y/o privado por un acontecimiento que lo amerite a plenitud);
y “conmemoración” (acto que supone establecer
una memoria equilibrada o justa sobre lo acaecido, especialmente
cuando lo que se conmemora detenta un influyente valor histórico).
Pero extrañamente, nada menos que quien se encuentra
al frente de la Secretaría de Educación Pública
(SEP), Alonso Lujambio, pasó de noche en lo que a comprender
tal elemental diferenciación, casi de párvulos.
En sentido contrario a lo señalado, el taimado señor
secretario se dedica a adjetivar con reaccionaria virulencia
el duro juicio histórico de quienes niegan, fundada y
críticamente, que 200 años después del
inicio del Movimiento de Independencia y a 100 del comienzo
de la Revolución Mexicana, “no hay nada que festejar
en nuestros centenarios”, por los lamentablemente objetivos
resultados que el actual gobierno federal –y los recientes-
entregan a la nación ensangrentada que hoy vivimos en
el cumplimiento de las efemérides señaladas.
Precisamente el de “mezquinos y amargados” fueron
los despectivos adjetivos de que se valió el desorientado
e ignorante responsable de la SEP, para descalificar y concluir
parcialmente tildando así, a quienes en sentido opuesto
al suyo se desmarcan con toda razón a sus desfiguros
declarativos y esfuerzos dignos de mejor causa, por hacer del
parcial, antihistórico y trivial festejo de la canalla
gobiernista, un simple espectáculo multimedia propio
de los estudios Walt Disney para así culminar destrozando
la historia e interpretándola al modo de los poderosos
y materialistas (no precisamente dialécticos) intereses
del capitalismo de compadres sufrido. No por accidente, el evento-marco
en que Lujambio despotricó contra los críticos
que proponen conmemorar luchando y no simplemente festejar (imbuidos
más bien de un ánimo propio de descerebrados que
tanto lo seducen), el extraviado secretario estuvo acompañado
en el Salón Hispanoamericano de la SEP, nada menos que
del embajador de los EUA, Carlos Pascual, quien vigilaba complacido
la genuflexiones de espaldas a él que practicaba el secretario
Lujambio, ante el imperialista representante foráneo.
La perorata del impertinente niño consentido de ese obtuso
demonio del charrismo sindical y la corrupción galopante
del SNTE que se llama Elba Esther Gordillo y del mínimo
soldadito de plomo, Felipe Calderón, que como él
nunca conoció una escuela pública, prácticamente
pontificó que todo aquel que no celebre con “júbilo
y alegría” los dolidos centenarios mexicanos que
verdaderamente sirven para percibir el dramatismo de nuestro
estancamiento generacional, en todos los órdenes de la
nación, representan un “desperdicio imperdonable”
en momentos en que para el Secretario de Espectáculos
Patrios se impone con frenesí una necesidad, casi-casi
vital, por repetir la conocida colección de mentiras
nacionalistas oficiales hasta el punto de terminar por convertirlas
en sacrosantas y fascistas “verdades” al gusto de
los demagogos gobernantes.
¡De manera que a hacer la ola de la Coca Cola merced al
generoso patrocinio de la empresa transnacional embotelladora
de la chispa de la vida! ¡Al fin y al cabo que la SEP
ya aceptó que siga la comida chatarra para los obesos
y desnutridos niños mexicanos! ¿Festejaremos nuestros
centenarios, acaso, con Sabritas y Doritos, Pepsis, Mirindas
y Cocas? ¿Qué pueden pensar los padres de familia
al respecto –nos preguntamos- de que un personaje tan
obtuso y anodino, como Alonso Lujambio, sea el responsable de
la educación escolar que sus hijos recibirán en
los niveles primarios y secundarios públicos que nuevamente
comienzan su ciclo escolar anual en medio de la vacua convocatoria
a un festejo propio del Club de los Optimistas tal y como si
fuésemos una Suiza de América y no un país
en ruinas pletórico de explotación, injusticia
y desigualdad?
Las anteriores preguntas valen, entonces, porque los excesos
verbales del secretario, aplaudidos rabiar por un pletórico
auditorio a modo de incondicionales, terminaron coronados por
un convencido e increíble: “¡Vamos a festejar
nuestra existencia, nuestro ser y nuestra cultura!”, acaso
sin calibrar los negros y reales alcances de su involuntario
humorismo al final dramático.
Pues preguntémonos ahora: ¿cuál existencia
se festejará? ¿La de los 27 millones de estudiantes
que regresan a clases sin un centavo en la bolsa de sus padres
gastados por la inflación y el costo astronómico
de sus útiles escolares? ¿La de quienes ni a la
escuela van? ¿La de los niños y niñas indígenas,
niños pobres que asisten a las normales rurales, con
pocos maestros tan mal pagados como sus pares urbanos y sus
propios padres arruinados? ¿Los de los “ninis”
que ni a la escuela ni al trabajo tienen derecho en su edad
formativa en medio de la tremenda vicisitud? ¿La de los
hijos de los trabajadores urbanos despedidos y ahora sin salario
como los del SME? ¿O acaso el secretario habla de las
miserables e insuficientes “Becas del Centenario”
para taparle el ojo al macho con la mentirosa retórica
presidencial calderonista? ¿De qué “ser
libre” ética y ontológicamente ponderado
habló el optimista Lujambio? ¿Y a cual “cultura”
apeló y en cuya defensa saltó el relamido personaje?
¿Pues en qué país vive usted y a qué
intereses responde, señor secretario (necesariamente
con minúsculas), para que en un solo evento pueda proferir
tantas sandeces sin sentir pena por usted mismo y por el elevado
ministerio educativo a su indigno cargo que requeriría
más objetividad y un serio y responsable compromiso formativo
al servicio de los que menos tienen? ¿Qué festejar
entonces, preguntamos?
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