Un Alto Costo
Comer Chatarra
Por Gonzalo Lara
Desde hace unos meses se discute el asunto de la regulación
de alimentos chatarra en las escuelas de educación básica.
Ya es por mucha gente conocido que México ocupa el nada
honroso primer lugar en obesidad infantil y el segundo en adultos
pasados de peso. Tres de cada diez niños tienen problemas
de sobrepeso, lo que acarrea problemas de glucosa, cardiacos,
de estima, etc. Estos niños obesos, seguramente sin quererlo,
harán que en unos pocos años México pase
a ser el primer lugar en obesidad. Si ahora es raro ver a una
persona sin sobrepeso, dentro de poco lo será más.
Pero la población infantil no puede cargar con toda la
responsabilidad de una epidemia de exceso de peso y enfermedades
circundantes. Hay un conjunto de factores que intervienen, algunos
de ellos muy poderosos y muy protegidos, como la industria de
alimentos procesados asentada en México y por otro lado
las secretarías de Educación, Salud y Economía.
Durante muchos años las empresas dueñas de prácticamente
todo lo que se puede encontrar en una tiendita y un supermercado,
como Kellog’s, McCormick, Nestlé, Sigma Alimentos,
Unilever, Pepsico, FEMSA-Coca-cola, Bimbo y una o dos más,
bombardean a la agente (menores y adultos) con publicidad engañosa,
imperiosa y fantasiosa acerca de las bondades de consumir su
ejército de productos.
A partir de un acuerdo elaborado por industriales para industriales,
el código Pabi (Publicidad de Alimentos y Bebidas No
alcohólicas dirigida al Público Infantil), se
supone que las empresas de alimentos y bebidas deben autoregular
su publicidad a fin de dejar de engañar al consumidor.
40% de las empresas firmantes no lo están cumpliendo,
y los apoya decididamente Jaime Zabludowsky, presidente de industriales
agrupados en el Consejo Mexicano de la Industria de Productos
de Consumo (ConMéxico). Para él, la solución
no está en sacar la comida chatarra (a la cual pide que
ya no se llame así) de las escuelas. Según su
visión Bimbo, Barcel, Coca Cola, Gamesa, Pepsico, Nestlé
y Jugos del Valle, que pertenecen al Consejo, no tienen mucho
que ver con la obesidad de los mexicanos, una cosa individual
que cada quien debe atender.
Una imagen típica de nuestros tiempos es una persona
bonachona, llenita (por no decir con sobrepeso) y su botella
de refresco de medio o un litro en la mano. Dentro de los alimentos
chatarra, los refrescos son los reyes: presentes desde el biberón
del nene hasta la cuba del viejo. “Una botella de un litro
de Coca Cola (con unos 140 gramos de azúcar) cuesta en
la tienda diez pesos. El refresco es solo azúcar y agua
(que el Estado casi regala a las empresas); así el kilo
de azúcar cuesta, convertido en refresco, 64 pesos, pero
según sea la presentación la cifra puede subir
a 80 pesos.”
Los costos de comer mal son elevadísimos. El tratamiento
de un diabético no cuesta menos de ocho mil pesos al
año. Una persona mal nutrida y con sobrepeso es propensa
a desarrollar diferentes tipos de diabetes desde la infancia,
así como hipertensión, enfermedades cardiovasculares,
presentar cuadros anémicos y está más expuesta
a infartos. De manera inmediata, comer papas fritas, botanas,
pizzas, hamburguesas, refrescos, jugos envasados, helados, sopas
instantáneas, palomitas, cereales refinados y endulzados,
pastelillos, galletas y caramelos es más barato que comer
frijoles, calabazas, garbanzos, nueces, semillas, arroz, pan
y galletas integrales (realmente integrales), aceite de oliva,
aceitunas, nopales, frutas, hortalizas, soya, germinados, quesos
y yogures naturales sin azúcar.
La comida que pone en riesgo la salud de las personas extiende
sus tentáculos a lo que se supone que no es chatarra:
productos enlatados, refinados, adicionados, light, endulzados
y ultra saborizados. A la ya de por sí redonda figura
que presentamos muchos mexicanos, hay que agregar que prácticamente
todo lo que comemos todos los días pasa por aceite, incluido
el pescado, y si es en la calle, es un aceite más malo
que el de un carro viejo. Con las fritangas es lo mismo, casi
todas son sumergidas en aceite negro. El arroz, en lugar de
sólo hervirlo, como en oriente, se fríe y se satura
de aceite. Los tacos, en casi cualquier estilo, tampoco se salvan.
La lista puede continuar hasta que de tanta grasa den ganas
de ir por una Coca. Comer mejor es más caro, pero no
es imposible. Es más barato que tomar medicinas de por
vida y que vivir con la carga de ver disminuida la calidad de
vida de un familiar.
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