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Regresiva para el PAN
Por Eduardo Ibarra Aguirre
Transcurridos los primeros 11 años de panistas despachando
desde Los Pinos –y todo pareciera indicar que no rebasarán
la docena–, el primer blanquiazul del país no
se apiada de su antecesor (Vicente Fox), de su partido (Acción
Nacional) y de sí mismo (Felipe Calderón), al
ofrecer a los gobernados que “Trabajaremos sin descanso,
hasta el último día, para que, precisamente,
pueda crecer esta semilla de un México seguro, justo
y próspero, que hemos plantado (...) Es en el hogar
donde empezamos a sembrar la semilla del México que
queremos para nosotros, pero, sobre todo, para nuestros hijos”.
Aparte de los excesos retóricos propios de la temporada
de Guadalupe Reyes, amén de característicos
del quehacer público, Calderón Hinojosa se da
licencias para comunicarse con auditorios seleccionados a
modo, donde con frecuencia sobredimensiona la obra de su gobierno,
lo cual es recurrente en presidentes que acaban por asumirse
como lo que sus subordinados les dicen que son, pero éste
negó en su mensaje con motivo del comienzo de 2012,
el esfuerzo sexenal por errático y corrupto que haya
sido, de toda una camada de panistas, priístas cogobernando
y yunquistas que formaron parte del “gobierno del cambio”.
Tiempo en que el abogado, economista y administrador público
se desempeñó como coordinador de la bancada
panista en la Cámara de Diputados, director general
de Banobras, secretario de Energía y candidato presidencial
apuntalado a fondo e ilimitadamente por Fox Quesada desde
la Presidencia de la República y sin medir consecuencias
judiciales, que para eso existía el Tribunal Electoral
concertado con el Ejecutivo federal.
“Haiga sido como haiga sido”, el general de cinco
estrellas no tiene la virtud de ser agradecido con quien hizo
posible que a trompicones y todo, pero se colocara la banda
presidencial en San Lázaro, misma que el guanajuatense
le entregó la medianoche previa en una ceremonia con
los de casa y acompañados de jefes militares.
Generales, almirantes y tropas con los que se sembró
la semilla de la militarización extrema de la seguridad
pública, la criminalización de la protesta social,
la estigmatización de los jóvenes desempleados
y el protagonismo casi ilimitado de los primeros.
Acaso por ello, cuando en la capital de Durango, en el Canal
12, el entrevistador le preguntó sobre la entrega de
la banda presidencial al triunfador de la contienda del primer
domingo de julio, aseguró que lo hará “gustoso
el próximo primero de diciembre”. Pero cuando
en la pregunta apareció la sombra que lo selló
de por vida: “¿Y si es Andrés Manuel (López
Obrador)?”, respondió más que turbado:
“El que sea, siempre y cuando sea electo verdaderamente
(sic) por los mexicanos”.
Perdón ¿y quién más elige a los
presidentes mexicanos? Incluso en los tiempos del “partido
prácticamente único”, ¿lo elegían
los dueños de México, la Casa Blanca, el Vaticano
y otros poderes fácticos?
Seguramente el escenario menos deseado por el michoacano de
Morelia y que millones de electores aún no tienen claro
si “verdaderamente” fue electo “por los
mexicanos”, es entregarle la codiciada banda al de Macuspana,
Tabasco. Sería un hecho sin precedente y de elemental
justicia, pero ésta no se empata con las dinámicas
políticas y electorales, condicionadas por los grandes
intereses de los dueños del dinero y sus aliados en
la aldea global.
Con el traspié sufrido por la “elección
indicativa”, de manufactura presidencial como reconoció
Gustavo Madero, se vuelve más incierto el futuro de
Ernesto Cordero, y el panorama se le complica al primer panista
del país, quien ya optó por refugiarse en “esta
es la última vez”, sabedor que en 10 meses y
días su futuro podría ubicarse allende el río
Bravo.