Barrios Populares:
Entre la Cárcel y la Libertad
Por Octavio Valadez
Gente caminando, comprando, yendo, viniendo, saliendo, entrando.
Niños corriendo después de la escuela, taxis,
peseros, negocios ofreciendo sus productos, tianguis, vendedores
de fierro viejo, tamales, camotes: si algo caracteriza a los
barrios populares de esta ciudad, es su movimiento, su jornada
diaria de trabajo y de vida social. También hay por supuesto
movimiento de dinero, de mercancías, de droga, de sobornos
y de violencia.
Con el crecimiento vertiginoso de la ciudad, algunos barrios
se han convertido en espacios estratégicos para el funcionamiento
de este monstruo, ya sea porque quedan cerca de los grandes
centros de trabajo y comercio, o por que permiten el transito
de las grandes masas de compradores y necesitados. La falta
de vivienda propia, comienza a mostrar su rostro, cuando se
miran los barrios repletos de casitas sobre casitas, techos
sobre techos, departamentos improvisados, cuartos emergentes
que se construyen en un pequeño terreno en donde caben
muchas más familias de las que cualquier arquitecto hubiera
podido imaginar. Los barrios urbanos se vuelven así refugios
para aquellas personas que buscan rentar un lugar más
cercano a su trabajo o escuela. Esto ha provocado que coexistan
en un mismo barrio gente de muchos orígenes y posiciones
sociales, aumentando la diversidad y con ello también
el tipo de contradicciones que se viven.
Si bien la ciudad está conectada por arterias viales
y venas de transporte público, estas también sirven
para delimitar y generar zonas donde habitan diversas escalas
de estatus social económico. Y es que a la gran mayoría
de los trabajadores sólo les alcanza para vivir en una
zona popular urbana, e incluso a un mayor porcentaje se les
obliga a migrar a las grandes hormigueros ubicados en las periferias
de la ciudad: Tecamac, Ixtapaluca, Chalco, por mencionar solo
algunas.
Así, poco a poco la ciudad se ha ido configurando de
acuerdo a la posición económica y política
que tienen las diversos clases sociales: hay zonas para que
vivan los políticos, los empresarios o la clase media
alta (en vía de extinción), y hay otra para los
trabajadores, los comerciantes, los ‘proles’, y
una más para los que viven en extrema pobreza (que suelen
vivir donde duermen los perros callejeros y las ratas).
Cada zona se va delimitando por arterias viales y venas de transporte
público, y la creación de muros y fortalezas de
seguridad contribuye a que la ciudad sea un rompecabezas de
piezas contradictorias que jamás podrán embonar.
La mayoría de los “proles” pueden caminar
libremente por sus espacios populares, donde se les permite
malvivir, hacer sus fiestas o matarse entre ellos, pero no por
las zonas asignadas a los grandes comercios capitalistas, o
las zonas residenciales para los pocos privilegiados donde se
piden credenciales, tarjetones, apariencias perfumadas, etc.
En los barrios se ven los problemas que difícilmente
se verán en las zonas de los ricos y poderosos: la escasez
de agua, de luz, de limpieza, con banquetas rotas, baches, falta
de seguridad y transporte público. En lo barrios la gente
lucha por un metro cuadrado de vivienda, de trabajo, de seguridad,
en las zonas privilegiadas existen residencias de tamaño
de manzanas, inhabitadas y subutilizadas por sus ricos dueños
que pasan la mitad de su tiempo en sus mansiones de otros estados
o países.
Los contrastes son cada vez más absurdos. Desde lo alto
de una torre de Santa Fe, muy seguramente deben verse los cerros
de casas hacinadas que han construido los proletarios. Lo mismo
ocurre desde los grandes edificios Polanco, del centro, etc.
Y sin embargo nos hemos acostumbrado a estos contrastes, a caminar
entre ratas y olores fétidos y estar de repente en una
banqueta pulcra de reforma, sintiendo que el progreso nos abraza.
Los espacios laborales, donde nos pagan una miseria, suelen
estar mejor ubicados que nuestros espacios de descanso apenas
con nuestras familias. Los autos tienen más espacio en
la ciudad que sus habitantes, y hasta las mascotas que salen
a pasear con sus amos en la zona rosa, están mejor alimentados
que miles de niños que juegan en los barrios populares.
Este sabor amargo de la ciudad, lo tenemos que tragar cada día
al salir de casa y al llegar de regreso a nuestras zonas, hay
que temer no ser asaltados por los jóvenes y excluidos
que migran de barrios o zonas cercanas.
Subirse al mundo aislado y cómodo de un auto, y recorrer
la ciudad en la comodidad de una atmosfera privada, es el gran
sueño de muchos trabajadores, quienes miran con envidia
al vecino, al compañero que han logrado escalar en esta
espiral absurda del estatus proletario.
Los chilangos se van perdiendo en este laberinto de condiciones,
y difícilmente pueden saber cuál es su tierra,
su origen. No podemos ver el todo en que vivimos, sino sólo
las ramas de semáforos y los árboles de edificios
que todo lo cubren. No se puede ver el horizonte desde las calles
hundidas de esta ciudad oscura. No podemos vernos.
Y sin embargo ese movimiento cotidiano vida que hay en los barrios,
tiene algo que no tienen los espacios donde vive el capital:
tienen vida, tienen trabajo, y con ello, claro, contradicciones,
miedos y peligros. Pero nuestra lucha no puede ser por acceder
a la comodidad enmohecida e ingenua de quienes viven de los
excesos generados por la escasez de muchos otros. Mal haríamos
en creer el cuento de que lo importante es avanzar no importa
pa’onde, basta mirar el futuro que estamos dejando a nuestros
hijos para saber que comprarse un Ipod, un celular o un auto,
es sólo rentar un instante falso en esta ciudad donde
los dueños NO somos sus habitantes, ni sus trabajadores.
Si los habitantes de estos barrios encamináramos esta
vida y trabajo hacia su emancipación, entonces detendríamos
esta tendencia terrible del capitalismo y sus políticos
de convertir los espacios populares en las grandes cárceles
invisibles, donde caben todas las contradicciones y vicios,
y donde los chilangos nos convertimos en reos sin suficiente
dinero para pagar la fianza, y la libertad. En los barrios está
la esperanza de organización o la lucha absurda entre
vecinos, nosotros elegimos.
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